Allande y la leyenda del demonio Aldaraín es una alegoría que nos acerca a esas creencias que, de una manera u otra, siguen presentes y muy vivas en algunas zonas de Asturias.
Cementerios profanados y demonios, representan los miedos más ocultos, y se manifiestan a través de personajes y seres vinculados en mayor o menor medida a la mitología asturiana.
La leyenda que hoy te presento, no te dejará indiferente…
No pretendo darte una relación exhaustiva de datos, solo quiero encender en ti la chispa de la curiosidad por este tema
Pepu Tejedor
Indice del Artículo
Cuatro cosas sobre Allande
Allande es un municipio del interior del occidente de Asturias.
Limita con Cangas de Narcea, Ibias, Villayón, Grandas de Salime, y Tineo entre otros, y es uno de esos municipios asturianos en el que se habla el Eo-Naviego o gallego-asturiano.
Su relieve es muy montañoso, una gran parte de su territorio está declarado paisaje protegido y en él puedes ver riquezas forestales como tejos centenarios y alcornocales además de grandes bosques de castaños.
Su economía está orientada a la ganadería, especialmente bovina y caballar y en menor medida a la industria maderera.
Allande está atravesado por el «Camino Primitivo de Santiago» y la población del municipio es de algo más de 1500 habitantes residiendo su mayor parte en el entorno de la capital del concejo, Pola de Allande.

Te lo sitúo en el mapa a través de su geolocalización:
La leyenda
La Boca de la Tierra
La niebla se había instalado en el valle como una manta húmeda, envolviendo a las aldeas y pueblos de Allande en un silencio espeso.

Era octubre, el otoño avanzaba y los castaños comenzaban a soltar sus frutos, como si la naturaleza quisiera alimentar algo más que a los vivos.
En el pueblo de Berducedo, una pequeña parroquia del municipio de Allande, los ancianos decían que aquel año la tierra estaba “hambrienta”, y que no era buena señal.
Mateo, el sepulturero, lo sabía bien.
Desde hacía semanas, los cadáveres enterrados en el cementerio aparecían removidos, como si algo los hubiera desenterrado desde abajo.
No había huellas, ni signos de profanación humana, tan solo tierra revuelta y ataúdes destrozados.
Y lo peor era que los cuerpos profanados estaban incompletos.

Mateo había vivido toda su vida en Allande y conocía sus bosques, sus leyendas, sus silencios.
Sabía que bajo la «Peña de los Corros», donde los pastores evitaban llevar el ganado, había una cueva que nadie se atrevía a explorar.
Decían que allí, en “La Boca de la Tierra” como la llamaban, vivía un antiguo demonio que se alimentaba de los muertos.
No era un alma en pena, ni un espíritu errante, era algo más viejo que el cristianismo, más profundo que el miedo, un ser que había sobrevivido a los siglos oculto en las entrañas del monte.
El susurro del monte
La historia había sido contada y transmitida por muchas generaciones de allandeses.
Hace siglos, en tiempos de peste, cuando los cuerpos se amontonaban sin sepultura, los aldeanos decían que la tierra se los tragaba.
No por compasión, sino por hambre.
En los días de difuntos, los niños eran advertidos: “No juegues cerca de Peña de los Corros, que la tierra allí tiene boca y dientes”.
Mateo nunca había creído del todo en esas historias, hasta que comenzó a encontrar los cuerpos mutilados.

Primero fue el de Doña Elvira, una mujer de noventa años que había muerto de forma natural.
Su ataúd apareció abierto, y su torso había desaparecido.
Luego vino el joven Tomás, muerto en accidente de moto.
Lo enterraron con su chaqueta de cuero, pero cuando Mateo revisó la tumba, solo quedaban los huesos de la cintura, las piernas y un trozo de tela ensangrentada.

La Guardia Civil vino, investigó, y se marchó sin respuestas.
“Algún animal”, dijeron. “quizás jabalíes”…

Pero Mateo sabía que ningún jabalí cavaba desde adentro…
El manuscrito
Una noche, mientras Mateo limpiaba los archivos de la iglesia de San Jorge, encontró un antiguo manuscrito.

Estaba escrito parte en latín y parte en asturiano antiguo y era una crónica de 1623, firmada por el padre Esteban de Cienfuegos, descendiente de los señores del palacio allandés de Cienfuegos.
El texto hablaba de un demonio llamado “Aldaraín”, que habitaba bajo la tierra y se alimentaba de carne muerta.
Según el padre Esteban, el demonio había sido invocado por un brujo morisco que se refugió en Allande tras la expulsión de los suyos.
El brujo, llamado «Yusef el negro», había practicado rituales en la cueva, ofreciendo cadáveres robados de los cementerios.

El manuscrito decía que Aldaraín no podía ser destruido, solo apaciguado y que era un ser sin cuerpo definido.
Tan solo era una figura formada únicamente por oscuridad, garras y una boca que parece devorar la luz misma.
Cada siglo, el demonio debía recibir siete cuerpos completos, enterrados en silencio, sin oración ni cruz.
Si no se cumplía el pacto, el demonio saldría a buscar su alimento.
Mateo sintió un escalofrío, contó los cuerpos profanados… cinco, faltaban dos.
La decisión
La noche del 31 de octubre, Mateo se encerró en su casa, con el manuscrito sobre la mesa y una botella de orujo en la mano.

Afuera, la niebla era tan espesa que ni las farolas del pueblo lograban atravesarla.
El silencio era absoluto, roto tan solo por el crujir de las viejas vigas de madera que sujetaban la estructura de la casa.
Sabía lo que debía hacer, no podía permitir que el demonio saliera.
Tenía que completar el número, pero ¿cómo? ¿a quién ofrecería?
Pensó en dos ancianos del asilo, ambos enfermos terminales… no, ellos no…
Pensó en sí mismo… pero entonces recordó a Lucía, su sobrina, muerta hacía diez años en un accidente de coche.
Su cuerpo estaba enterrado en el cementerio viejo, junto a la iglesia abandonada de Santa María.

Mateo, dominado ya por el orujo, lloró… no podía… no, Lucía no…
Pero la tierra no espera… pensó.
Mateo, desesperado, se decidió por los restos de los dos cuerpos profanados… los de Tomás y Doña Elvira, que, en su día, había enterrado de nuevo.
Era la opción más sensata…
Esperaba que, aunque no fueran cuerpos completos, fueran suficiente para complacer al demonio Aldaraín.
La cueva
Al amanecer, con el cielo teñido de rojo, Mateo tomó una pala, una linterna, el manuscrito y desenterró los restos de ambos cuerpos.
Los metió en una saca y caminó hasta Peña de los Corros, siguiendo el sendero que los pastores siempre evitaban.
La cueva estaba allí, al final del camino, entre helechos y zarzas.

La entrada era muy estrecha, y aparentaba ser una herida en la piel del monte.
Ya en el interior, el aire era denso, húmedo, cargado de un olor insoportable a carne putrefacta… y Mateo avanzó guiado por la linterna y el temblor de sus piernas.
Las paredes estaban cubiertas de extraños símbolos, tallados en la roca.
En el fondo, encontró un altar de piedra, con restos de huesos humanos y velas negras encendidas a medio consumir.

Rápidamente colocó el manuscrito sobre el altar, extrajo de la saca los restos de Tomás y Doña Elvira, y con sumo cuidado los depositó también sobre el altar.
Acto seguido susurró las palabras que el padre Esteban había escrito: “Aldaraín, toma lo que es tuyo, que la tierra se cierre y el silencio reine”.
Entonces la cueva tembló y con un rugido sordo emergió de las profundidades el pavoroso ser…
La linterna se le cayó de las manos a Mateo que, presa del pánico, se desplomó de rodillas… y entonces lo vio.
Una sombra gigantesca, sin forma definida, con ojos como carbones ennegrecidos, cuernos como enormes raíces de árbol, garras que parecían sus ramas y una boca que no era sino un abismo.

Aldaraín se alzó, olfateó el aire, cogió del altar los restos de los cadáveres y acto seguido se hundió en la tierra desapareciendo con un sonido como de profunda inhalación sostenida.
Mateo salió de la cueva temblando, apresurado pero satisfecho, sabía que había cumplido el pacto… por ahora.
El legado
Pasaron los años, el cementerio volvió a estar en paz y ningún otro cadáver fue profanado.
Mateo envejeció, y antes de morir, dejó el manuscrito en manos de su nieto, Andrés, con una advertencia:
—Cada siglo, siete cuerpos, sin oración, sin cruz… caso contrario, la tierra abrirá su boca.

Andrés lo guardó en secreto, pero en 2025, cuando los cuerpos comenzaron a desaparecer de nuevo… supo que el tiempo había llegado…
Y tú, lector, que has llegado hasta aquí leyendo mi historia, recuerda: si alguna vez visitas Allande, no camines cerca de Peña de los Corros, porque la tierra allí tiene memoria… y hambre.
En resumidas cuentas
Pues bien, aun cuando esta leyenda no está localizada en la realidad en una zona concreta de Asturias, como he dicho al principio, podría situarse en las creencias de cualquier aldea asturiana.
He querido transmitir «esos temores» al respecto de los cementerios, las profanaciones de tumbas y los demonios, que son habituales en las creencias de los habitantes de multitud de comarcas asturianas.
Espero que te haya gustado… o al menos que te haya entretenido un rato.
Espero tus comentarios.
Para la realización de este artículo he utilizado IA, tanto para las imágenes como para el texto, dándole no obstante «mi habitual tono personal», el resto de imágenes son propias.
Otros enlaces de interés
La leyenda del cuélebre de Santa María de Celón, blogs.deia.eus
Palacio de Cienfuegos en Allande, asturiaspordescubrir.com
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