Templarios en Asturias, la última Guardia es un relato que pretende ayudarte a comprender quiénes eran los caballeros templarios y su influencia en Asturias.
En el siglo XIV, tras la disolución oficial de los Templarios el joven escudero Manfredo descubre que su difunto tío era un templario encubierto.
Y que, además, custodiaba una reliquia escondida en una antigua abadía en la Sierra del Sueve.
Pronto se verá envuelto en una conspiración que involucra a la nobleza asturiana, al poder de la Iglesia, y a la búsqueda de redención de los últimos miembros de la orden del Temple.
No pretendo darte una relación exhaustiva de datos, solo quiero encender en ti la chispa de la curiosidad por este tema
Pepu Tejedor
Indice del Artículo
Breve introducción a la orden del Temple y los Caballeros Templarios.
Los Caballeros Templarios: Entre Fe y Poder
La Orden del Temple, fundada en 1119 por el francés Hugo de Payens, nació para proteger a los peregrinos cristianos en Tierra Santa tras la Primera Cruzada.
Sus miembros, conocidos como Caballeros Templarios, combinaban la vida monástica con la militar, jurando pobreza, castidad y obediencia, pero luchando en defensa del cristianismo.

Reconocimiento y expansión
Establecidos en Jerusalén, en el antiguo Templo de Salomón, obtuvieron legitimidad papal en 1129 gracias al apoyo de San Bernardo de Claraval.
Este poeta, orador y teólogo, fue una de las personalidades más destacadas de su época y dio a los templarios autonomía y privilegios únicos dentro de Europa, permitiéndoles crecer como institución internacional.

Riqueza y estructura
Aunque prometían vivir austeramente, los templarios acumularon grandes riquezas a través de donaciones y propiedades.
Crearon sistemas de crédito y protegían los bienes de los nobles cruzados, lo que los convirtió en pioneros de la banca medieval.
Su organización incluía castillos, granjas y una red de mando eficiente.

Caída en desgracia y persecución
Tras perder en 1291 la ciudad costera de Acre, en el hoy estado de Israel, su influencia militar decayó.
Su fortuna despertó sospechas pero sobre todo envidias, especialmente del rey Felipe IV de Francia, quien estaba muy endeudado con ellos.
Éste, en 1307, ordenó el arresto de los templarios y los acusó de herejía y otros crímenes.
Muchos templarios fueron torturados, y el entonces Gran Maestre, Jacques de Molay, fue quemado en 1314.
El Papa Clemente V disolvió oficialmente la orden poco después.

Legado y mitos
La desaparición de los Templarios alimentó leyendas sobre tesoros escondidos, el Santo Grial y sociedades secretas.
Su historia sigue siendo fuente de fascinación y misterio.

Los Templarios en Asturias
La Orden del Temple en Asturias se mueve entre mito y tradición.
La presencia de los caballeros templarios en Asturias es más legendaria que documentada.
A diferencia de otras regiones de España, como Aragón o Castilla, no existen pruebas concluyentes de que la orden del temple estableciera encomiendas oficiales en territorio asturiano.
Sin embargo, tanto la tradición popular como ciertos elementos arquitectónicos han alimentado la creencia de que los templarios dejaron huella en la región.

En enclaves como la Sierra del Aramo, se les atribuyen construcciones defensivas.
Torreones en Peñarudes, Tuñón, Proaza y Proacina y castillos como el del Alba en Somiedo o Las Agüeras en Quirós, también son atribuidos a los templarios.

Asimismo se les vincula con iglesias como San Miguel de Linares en Salas, San Pedro de Nora en Las Regueras y Santo Adriano de Tuñón en Santo Adriano, por su estilo románico y simbología peculiar.
Santuarios como el de de Nuestra Señora de Alba en Quirós o la ermita de la Providencia en Gijón, con sus vírgenes negras, son otro punto que refuerza la conexión esotérica con el Temple.

Historiadores como Gonzalo Martínez Díaz niegan asentamientos templarios en Asturias por falta de documentación.
Sin embargo, otros investigadores, defienden que la elección de lugares con fuerte carga simbólica, como el Monsacro y sus capillas, responde a criterios iniciáticos propios de la orden.

En resumen, la historia templaria en Asturias se mueve entre la ausencia de pruebas oficiales y la persistencia de leyendas que siguen fascinando a locales y visitantes.
Y es, el relato que sigue a continuación, ejemplo de leyenda que vincula Asturias y la orden del Temple.
Relato: La última Guardia
Capítulo I: El testamento del tío Fernando
La lluvia caía sobre Gijón con la melancolía de un canto gregoriano.
Manfredo, de apenas veinte años, caminaba con paso firme hacia la casa señorial que había pertenecido a su difunto tío Fernando.

El notario le había citado allí para leerle el testamento, aunque Manfredo apenas lo había conocido, más allá de algunas tardes de caza.
También tenía de él recuerdos de cuentos extraños, sobre peregrinos y cruzados, que su tío le relataba.
La casa era una reliquia medieval, con tapices que olían a polvo y estatuillas de caballeros descoloridas por el tiempo.
Tras la formalidad de la lectura legal, el notario le entregó una caja de roble sellada con un símbolo peculiar: una cruz patada (cuyos brazos se ensanchan hacia los extremos) enmarcada por dos lobos enfrentados.

Dentro de la caja, Manfredo encontró un diario, en extremo envejecido.

Cuando lo abrió,en un idioma que Manfredo no conocía pero que el notario había traducido siguiendo instrucciones del fallecido, sus páginas hablaban de una orden secreta.
Y hablaba también de un objeto custodiado en la Sierra del Sueve, y de la necesidad de protegerlo antes de que “la sombra del fuego lo devore”.
La última página estaba dirigida a él: «Manfredo, lo que ahora portas no es herencia, es destino… encuentra la abadía de San Salvador y despierta a la hermandad», decía el diario…
Capítulo II: La abadía de San Salvador
Movido por una mezcla de curiosidad y respeto hacia el testamento del que ahora era portador y responsable, y empapado en él después de su holgada lectura, Manfredo preparó algunas pertenencias y emprendió viaje hacia el oriente asturiano.

Los montes del Sueve lo recibieron envueltos en bruma, como si el paisaje supiera guardar secretos antiguos.

La abadía de San Salvador era una ruina de piedra, perdida entre helechos y musgos, que mostraba indicios de un pasado espléndoroso.

Manfredo buscó entre aquellas ruinas algún «atisbo de luz» que le indicara que iba por el buen camino.
Bajo el altar principal, encontró una losa que parecía haber sido desplazada hacía tiempo.
Al arrastrarla, quedó al descubierto una cripta con símbolos templarios grabados en el mármol… parecía que el camino era el correcto.
Se deslizó por el hueco y descubrió que en la cripta reposaban tres figuras encapuchadas… momificadas con armadura parcial.

Cada una portaba un medallón con el mismo emblema de lobos y cruz que la caja que portaba su diario y que le había entregado el notario.
Manfredo encontró allí otro mensaje, esta vez escrito en latín antiguo, que no supo traducir.
Para ello buscó la colaboración de un monje que vivía en el pueblo de Gobiendes, allí cerca, que lo ayudó a descifrarlo.
El mensaje decía: “Tres guardianes que no cayeron por espada, sino por lealtad, bajo su silencio vive la clave.”
Junto a los cuerpos, encontró una losa de piedra con unas inscripciones encubiertas y no muy claras que parecían formar parte de un mapa.

El monje, llamado Rodrigo, le pidió que se quedara unos días en su casa para ayudarle a interpretar el resto.
Capítulo III: La hermandad oculta
Durante la noche, Manfredo comenzó a tener sueños inquietantes que lo situaban en la abadía.
En ellos veía armaduras tintadas de sangre, extraños ritos bajo la luz de la luna, y sobre todo un hombre encapuchado que le decía “Custodia, no conquistes.”

Al despertar, Rodrigo el monje, se confesó con Manfredo y le reveló algo inesperado.
Él, era descendiente de uno de los últimos templarios que se ocultaron en Asturias tras la disolución de la Orden por Felipe IV.
La hermandad templaria no había desaparecido, se había adaptado, camuflada en cofradías de peregrinos, y monjes.

Rodrigo le confesó que, de hecho, él era uno de sus protectores.
El mapa que Manfredo había encontrado y que Rodrigo le ayudó a interpretar señalaba claramente tres ubicaciones a lo largo de Asturias.
Las mismas eran Covadonga, Cudillero y una cueva en Llanes mencionada solo como “La Boca del Lobo”.
Manfredo debía buscar esas reliquias… pero no estaba solo en su búsqueda ya que una fuerza oscura había comenzado a moverse, alertada por la actividad de Manfredo.
Dicha fuerza estaba liderada por un inquisidor llamado Beltrán de Carvajal, obsesionado con purgar cualquier vestigio de la orden del temple.

Capítulo IV: El mapa grabado en piedra
Manfredo y Rodrigo estudiaron la piedra cuidadosamente.
Bajo luz rasante, los grabados revelaban antiguos caminos, símbolos templarios y tres cruces marcadas con letras latinas: CVD, LLNS y CDLLR, Covadonga, Llanes, y Cudillero.
En primer lugar se dirigieron a Covadonga.
Cuando llegaron, el santuario parecía dormido bajo la niebla.

Rodrigo conocía un pasaje detrás de la Santa Cueva, el cual exploraron, y en el que localizaron un códice empotrado en la roca.
Era un fragmento de un texto templario que hablaba de la “Lanza del Lumen”, una reliquia capaz de discernir la verdad en el corazón de los hombres.

De inmediato, Manfredo y Rodrigo se pusieron de camino a Cudillero, su segundo destino.
Mientras salían del pasadizo, y sin que se apercibieran de ello, un grupo de encapuchados los observaba desde el bosque.
No eran monjes ni peregrinos, sino parte de una milicia inquisitorial que había recibido informes de “movimientos herejes” en la zona.
Capítulo V: El inquisidor y la traición
Beltrán de Carvajal era un hombre afilado, al igual que sus decretos.
Vestía de negro, con una cruz en rojo que parecía estar bordada con sangre.
Había servido en la inquisición en Toledo, pero su obsesión por los templarios lo trajo al norte.

Él creía que la extirpación completa de sus vestigios era necesaria para purificar la Iglesia.
Interceptó a Manfredo y a Rodrigo en su camino a Cudillero, después de salir de Covadonga.
Fingió ser un noble comerciante y se ganó su confianza.
Los acompañó hasta una antigua torre en la localidad de Villademar en Cudillero, en la cual encontraron la segunda pista.

Se trataba de un cáliz con inscripciones en hebreo y latín, oculto tras un falso murete en una pared.

Cuando Manfredo se lo mostró a Beltrán éste reveló su verdadera identidad.
Los acusó de herejía y mandó prender fuego a la torre para eliminar cualquier vestigio del temple.
Rodrigo logró escapar con Manfredo, portando el cáliz, que a punto estuvo de quedar atrapado entre las llamas.

Huyeron hacia Llanes, su tercer destino, ayudados por un grupo de pescadores que contactaron con Rodrigo y que pertenecían a la cofradía secreta “Los Hermanos del Silencio”, descendientes también de templarios.

Capítulo VI: Entre los lobos de la sierra del Cuera
“La Boca del Lobo” era más una leyenda que una ubicación.
Según los textos, se trataba de una cueva donde los caballeros templarios se reunían para realizar juramentos secretos, pero también era el sitio donde algunos fueron emboscados y ejecutados.
Manfredo y Rodrigo consiguieron encontrar, no sin esfuerzo, la entrada de la cueva cerca de un acantilado entre los bosques de la cara norte de la sierra del Cuera.

Dentro de la misma, los símbolos templarios abundaban, cruces en forma de estrella, inscripciones en idioma provenzal, y finalmente, la cámara del juramento, custodiada por finas estatuas de lobos talladas en mármol.
Allí, tras una de las estatuas, descubrieron el último fragmento del mapa… y algo más, una carta de Fernando, el tío de Manfredo, escrita años antes.

Leyeron la carta que decía literalmente: “La lanza no es poder, es prueba, y quien la levante sin pureza será juzgado por la sangre de los que la custodian.”

Pero justo en ese momento y antes de que pudieran salir, Beltrán los emboscó, seguido por un séquito de soldados.
Hubo entonces un enfrentamiento, Rodrigo resultó herido, y Manfredo logró escapar por un raquítico y estrecho pasadizo lateral de la cueva, que le llevó directo al bosque.
Portaba consigo los tres fragmentos del mapa… y la misión de completar lo que la Orden había iniciado siglos atrás.
Capítulo VII: El ritual de la lanza
Manfredo arribó a una ermita abandonada en una colina boscosa cercana a Cangas de Onís.
Según los fragmentos del mapa, allí debía realizarse el «Ritual del Lumen».

Rodrigo, aunque herido, lo alcanzó tras días de recuperación y con ayuda de los Hermanos del Silencio.
El ritual exigía unir los tres símbolos templarios, la piedra, el códice y el cáliz.
Solo entonces la lanza, oculta dentro de una columna de mármol negro, se revelaría.
Manfredo, asistido por Rodrigo, completó la ceremonia entre antiguos cánticos y con la luna llena iluminando el altar.
La lanza emergió de una columna ennegrecida por el polvo y el paso del tiempo.

No relucía, no parecía divina, era modesta, con inscripciones templarias que decían “Solo al corazón puro revela su luz”.
Rodrigo le confirmó que esa lanza servía no como arma, sino como prueba, si quien la portaba actuaba con codicia, el artilugio se volvería contra él.
Capítulo VIII: El último juramento
Rodrigo narró a Manfredo el origen del juramento templario: una promesa no de poder, sino de preservación.
Los últimos templarios en Asturias, acosados por la Inquisición y traicionados por la Corona, juraron proteger el saber antes que usarlo.
Manfredo debía tomar el juramento y a los pies de la ermita, con la lanza frente a él, pronunció las palabras que siglos antes sellaron la lealtad de sus antecesores:

“Prometo guardar la verdad, no imponerla, ser escudo, no lanza, ser testigo, no juez y en nombre de la Luz, me entrego a la custodia.”
Pero justo al terminar el ritual, se vio interrumpido por un nuevo ataque.
Beltrán había seguido de nuevo su rastro con un pequeño grupo de lacayos.
En el combate, Rodrigo entregó la lanza a Manfredo y se lanzó contra los soldados para permitir a Manfredo escapar de la ermita.
Su sacrificio marcó la última ofrenda templaria en tierra asturiana.
Capítulo IX: Sangre en Covadonga
Manfredo volvió a Covadonga, donde la cofradía lo esperaba.
Allí, en el corazón de la Santa Cueva, debía sellar la lanza en el altar secreto bajo el santuario, lugar cuya existencia solo los guardianes conocían.

Beltrán, de nuevo lo siguió con una hueste armada y, en una batalla entre las cavidades rocosas de la cueva, Manfredo se enfrentó directamente al inquisidor.
Al levantar la lanza para defenderse, esta brilló intensamente… pero no atacó, tan solo emitió un fulgor que dejó momentáneamente ciegos a todos los presentes.
Beltrán gritó: “¡Brujería!”, pero cayó arrodillado ante la lanza, incapaz de mover un solo músculo.

Manfredo le perdonó la vida y le dijo: “La verdad no se impone, se revela y tú decidiste no verla.”
Capítulo X: El legado y la promesa
Con la lanza sellada, nuevamente Manfredo se despidió de Covadonga.

Los Hermanos del Silencio le ofrecieron un lugar entre ellos, pero él decidió caminar por su cuenta.
Guardaría el conocimiento, protegería la verdad, y mantendría el legado vivo en silencio.
Volvió a la casa de su tío en Gijón, ahora suya.

Desde allí comenzó a escribir un nuevo diario, en el que contaba lo vivido, lo descubierto, y lo que aún quedaba oculto.
“No somos caballeros de conquista, somos custodios de memoria, en la sombra viviremos, en la historia despertaremos.”

Aquel legado templario, escondido en los valles asturianos, no era oro ni poder, era una lanza que no mataba, sino mostraba… era la historia de hombres que decidieron preservar la luz cuando el mundo solo ofrecía oscuridad.
En resumidas cuentas
En resumidas cuentas, te he querido mostrar que la historia de los templarios en Asturias es más leyenda y suposiciones que datos contrastados.
No obstante merece la pena una visita a esos lugares asturianos a los que se le adjudica dicho origen templario..
Por citarte alguno: las capillas del monte Monsacro en Morcín, la capilla de la Providencia en Gijón, el santuario de nuestra señora del Alba en Quirós o la iglesia de Linares en Salas.
También te he querido trasladar, con la historia de Manfredo, unos valores que cada vez se hacen más necesarios en el mundo en el que vivimos, usa el saber y no la fuerza.
Y por supuesto que he pretendido entretenerte y hacerte pasar un buen rato.
Espero tus comentarios
Para la realización de este artículo he utilizado IA, tanto para las imágenes como para el texto, dándole no obstante «mi habitual tono personal».
Otros enlaces de interés
Iglesia templaria de San Miguel, elcomercio.es
El Monsacro y las Reliquias, desafioreliquias.org
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