La rebelión del Conde de Coalla, hace referencia a un reducido fragmento de historia asturiana.
Es tan solo, una sinopsis sobre un episodio de la biografía de un aristócrata asturiano, convertido en proscrito de la justicia establecida por el rey.
No pretendo darte una relación exhaustiva de datos, solo quiero encender en ti la chispa de la curiosidad por este tema
Pepu Tejedor
Para unos, Gonzalo Peláez de Coalla, Conde de Coalla fue, allá entre los siglos XIII y XIV, un aristócrata y bandolero, que aterrorizó la comarca asturiana de Grado.
Para otros, más que un despiadado bandido fue un noble idealista que ambicionó el control de la zona central de Asturias desde la Puebla de Grado hasta Oviedo.
Incluso hay quien quiere ver en él, el germen de un «independentismo latente» sustentado desde Pelayo en el orgullo asturiano.
Sea como fuere, hoy te traigo unos apuntes sobre tal personaje y lo que se dice le ocurrió…
Indice del Artículo
La decisión
La niebla amanecía espesa sobre las montañas de Coalla (parroquia de Grado), como si la tierra quisiera ocultar lo que estaba por suceder.

En la torre más alta del castillo, Gonzalo Peláez, Conde de Coalla, observaba el horizonte con la serenidad de quien ha tomado una decisión sin retorno.
Era un hombre de mediana edad, de barba recia y ojos oscuros, curtidos por la guerra y por la política, que en aquellos tiempos era otra forma de combate.
Asturias despertaba lenta, con el rumor de los ríos bajando desde los puertos y el olor a madera húmeda colándose por las rendijas.
Pero Gonzalo sabía que la calma era un disfraz.
Desde hacía meses, los mensajeros del rey Fernando IV de Castilla llegaban con órdenes cada vez más exigentes.
Y él, que había sido uno de los más fieles defensores de la corona, empezaba a sentir que la fidelidad era una cuerda que el rey tensaba demasiado.
Bajó de la torre y en el patio, los hombres de armas ya estaban reunidos.

Algunos eran veteranos, curtidos en batalla… otros jóvenes, casi sin barba, que apenas sabían sostener una lanza pero sobrados de coraje y osadía.
Todos lo miraban con respeto y temor.
—Hoy no os convoco para la guerra —dijo Gonzalo—, sino para la verdad.
Sus palabras resonaron contra las piedras.
—El rey exige que entregue estas tierras a un señor que no conoce nuestros bosques, nuestros ríos ni tampoco nuestras montañas.
Quiere gobernar Coalla desde lejos, como si fuera una pieza más en su tablero.
Pero Coalla no es una pieza… Es nuestro hogar.
Los hombres se miraron entre sí…
Asturias siempre había sido tierra de vetustos orgullos, de linajes que se aferraban a las montañas como los tejos centenarios.
—¿Qué proponéis, mi señor? —preguntó un capitán.
—Propongo que Coalla permanezca libre.
Propongo que no entreguemos lo que es nuestro y que nos mantengamos firmes, aunque el rey nos llame rebeldes, y así se lo haré saber…
La palabra quedó suspendida:
Rebeldes era un título que podía costarles la vida, pero nadie retrocedió.
Algunos asintieron, otros apretaron los puños…
Asturias había sido cuna de resistencias desde tiempos de Pelayo, y aquel espíritu seguía vivo.
La carta del rey
Pocos días después llegó la respuesta del rey.
Un mensajero exhausto entregó un pergamino sellado con el emblema real.
Gonzalo lo abrió en la sala del castillo, rodeado de sus consejeros.

“Gonzalo Peláez, conde de Coalla: Vuestra negativa constituye deslealtad. Os ordeno presentaros en León en quince días. Si no lo hacéis, seréis declarado enemigo de la corona.”
Gonzalo dejó caer el pergamino al suelo. —Ya está hecho —dijo—.
El rey ha elegido su camino, ahora nosotros debemos elegir el nuestro…
—Si os declaran enemigo, vendrán con un ejército —advirtió un consejero.
—Lo sé, pero no seremos los primeros asturianos en enfrentarnos a un rey.
La alianza de las montañas
La noticia corrió por los concejos como un viento inquieto.
En Cangas, Lena, Teverga, los hombres se reunieron en las plazas para discutir la rebelión del conde.

Algunos lo consideraban un héroe; otros temían la destrucción.
Pero hubo quienes acudieron a su llamada.
Una noche, tres representantes de concejos vecinos llegaron al castillo, empapados por la lluvia.
—No venimos a juraros lealtad —dijo el primero—, venimos a jurar lealtad a Asturias.
—Si el rey quiere gobernarnos desde lejos —añadió el segundo—, tendrá que cruzar nuestras montañas.
Y nuestras montañas no se rinden.
Gonzalo sintió un calor inesperado en el pecho. — no estoy solo pensó…
—Nadie está solo en estas tierras —dijo el tercero—
Aquí las montañas sostienen al hombre, y el hombre sostiene a las montañas.
El presagio
La víspera del enfrentamiento, Gonzalo salió a caminar por los bosques de Coalla.
La niebla se había levantado, dejando ver los abundantes robles y castaños que vigilaban el sendero.

El silencio era tan profundo que podía oír su propia respiración.
De pronto, un ciervo blanco cruzó el camino.
Gonzalo se detuvo y el animal lo miró con ojos oscuros, inmóviles, como si lo reconociera.
En Asturias, los ciervos blancos eran presagio: algunos decían que anunciaban desgracias; otros, que eran mensajeros de la tierra.
El ciervo dio un paso hacia él… Gonzalo sintió que el tiempo se detenía.
—¿Qué me quieres decir? —susurró.
El animal inclinó la cabeza, como si le ofreciera una reverencia silenciosa y, al instante, desapareció entre los árboles.

Gonzalo permaneció allí largo rato, con la sensación de que el bosque le había hablado.
La batalla de Coalla
El ejército del rey llegó al amanecer.
Eran muchos más que los hombres del conde, pero no conocían el terreno.
Las montañas obligaban a los soldados reales a avanzar en filas desordenadas.
Gonzalo dirigió la defensa desde la muralla.
Las flechas asturianas caían como lluvia y los gritos resonaban entre las peñas.
El olor a hierro, a sangre y a tierra mojada llenaba el aire…
Pero la superioridad numérica del rey era aplastante.
A media tarde, las tropas reales habían rodeado el castillo.

Gonzalo sabía que no podrían resistir mucho más…
Miró a sus hombres, agotados pero firmes, y sintió un orgullo inmenso.
—Si caemos hoy —dijo—, caeremos como asturianos libres.
Los hombres levantaron las armas en silencio.
El final y el comienzo
Cuando el sol empezó a ponerse, el castillo de Coalla cayó.
Gonzalo fue capturado, pero no ejecutado.
El rey, quizá por respeto a su antiguo aliado, quizá por temor a encender una rebelión mayor, decidió exiliarlo.
Fue enviado a tierras gallegas.

Pero la leyenda del conde de Coalla no se apagó.
En Asturias se decía que el ciervo blanco había sido un aviso: no de derrota, sino de trascendencia.
Que Gonzalo Peláez no había luchado por ambición, sino por la dignidad de una tierra que siempre había querido gobernarse a sí misma.
Y algunos juran que, en las noches de niebla, aún puede verse una figura solitaria caminando por los bosques de Coalla, con la mirada fija en las montañas, como si buscara el camino de regreso…
En resumidas cuentas
En resumidas cuentas, te he introducido con esta historia, en un personaje real, fidedigno y controvertido, del que se conocen fechorías testadas.
Por otro lado también te he querido llamar la atención sobre la histórica tendencia asturiana a la autonomía y a la separación del Reino de Castilla en este caso y de los poderes impuestos en general, manifestada a través de los siglos… y quizás poco conocida… o poco aprovechada…
En cualquier caso, espero haberte entretenido un rato.
Para la realización de este artículo he utilizado IA, tanto para las imágenes como para el texto, dándole no obstante «mi habitual tono» personal.
Otros enlaces de interés
Cuaya, el conde que aterrorizó a Asturias, serasturianu.com
Ruta del Conde de Coalla, es.wikiloc.com
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