En la charca del parque Isabel la Católica, donde el aire trae olor a sal y lo mezcla con la hierba mojada, vivía un pato llamado Xuanín.
Era un ánade real y no era distinto a los demás por su plumaje —verde brillante en la cabeza, pecho castaño, alas de un gris elegante—, sino por una inquietud que le recorría el cuerpo como un cosquilleo constante.
Xuanín quería conocer el mar...
Si eres capaz de perseguir tus sueños… ya tienes hecho la mitad del camino…
Pepu Tejedor
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El deseo
Y no era el mar visto desde lejos, como un espejo azul que se adivina entre los juncos cuando sube la marea, lo que Xuanín añoraba.
No, Xuanín quería sentirlo en el pecho, nadarlo, escucharlo rugir…
Quería saber si era cierto eso que decían las golondrinas de mar, mayormente charranes y gaviotas cabecinegras, de que el mar tiene voz propia, y que te habla si sabes escucharlo.
Los demás patos de la charca se reían… apoyados por las garcetas, que habían hecho de los arbustos del centro de la charca, su vivienda.

—¿Pa qué vas querer tú dir al mar, oh? — le decía un viejo ánade, gruñón y barrigudo— bastante tenemos con la charca, que ye grande y prestosa asgaya… mientras se reía de él…

—Tas tonto Xuanín— le graznaba una garceta desde su alta rama, con lo grande que ye el mar… vas perdete…

Pero Xuanín no se resignaba…
Algunas veces, se conformaba con levantar el vuelo y explorar alguna piscina de las urbanizaciones de los alrededores del parque…

Pero algún amanecer, cuando la niebla se levantaba como un telón, volaba hacia la desembocadura del Piles y miraba por debajo del puente, allí donde el agua dulce se mezclaba con la salada, y sentía que algo le llamaba.

Sobrevolaba también la desembocadura del río Piles y quedaba fascinado…

Pero siempre sus vuelos eran cortos y sin alejarse demasiado de la charca del parque.
La decisión
Una mañana de octubre, cuando los primeros fríos empezaban a morder las alas, Xuanín despertó con una certeza nueva.

El viento soplaba del noroeste, trayendo olor a algas y a marejada.
Era como si el mar hubiera decidido acercarse un poco más para invitarlo.
—Hoy —se dijo— Hoy voy…
No avisó a nadie.
Sabía que intentarían convencerlo para quedarse.
Y él, que era valiente pero también tierno y sensible, temía que un gesto de su madre o un comentario burlón de sus hermanos lo hicieran dudar.
Así que emprendió el vuelo al amanecer, en silencio.

Dejo atrás la charca, los prados húmedos, las piedras donde descansaban los cormoranes, y el murmullo de los «vuelvepiedras», pájaros que siempre parecen estar contándose secretos.

Voló bajo, siguiendo el curso del Piles.
Cruzo por debajo del puente y a medida que avanzaba, el río se ensanchaba, y el aire se volvía más salado.
El cielo, despejado al principio, se cubrió de nubes largas, como pinceladas grises.
Y entonces lo vio en todo su esplendor...

El mar Cantábrico, inmenso, respirando olas enormes con una cadencia primitiva…
Xuanín sintió un escalofrío, no de miedo, sino de reconocimiento, tal que hubiera llegado a un lugar que ya conocía sin haber estado allí nunca.
El encuentro
Aterrizó en una pequeña ensenada cerca del «Rinconín».

El agua era más fría que la de la charca, pero también más viva.
Cada ola parecía tener personalidad propia: unas eran juguetonas, otras impacientes, otras serias como viejos lobos de mar.
Xuanín nadó un rato, dejándose mecer.
Fue entonces cuando escuchó una voz ronca:
—¿Qué fai un pato de charca por aquí?
Era un enorme muil de pedreru, con su ancha y chata boca y ojos redondos como faroles, que nadaba cerca de otros muchos congéneres.

Estaba flotando entre dos rocas, en una pequeña poza tomando el sol y comiendo los restos de una parrocha, como quien no tiene prisa por nada.
—Vengo a conocer el mar —respondió Xuanín, intentando sonar seguro.
El muil soltó una carcajada que hizo vibrar el agua.
—¿El mar? ¡Pero si ya estás en él, rapaz! aunque… si lo que quiés ye conocelu de verdá… tendrás que dir más allá.
—¿Más allá de dónde?
El muil señaló con la cabeza hacia el horizonte.
—Más allá de lo que ves, el mar nun se acaba donde acaba la vista… ye más grande que cualquier sueñu que tengas.

Xuanín tragó saliva —¿Y tú crees que puedo?
El muil lo miró con una mezcla de ternura y burla.
—Poder, puedes… pero el mar ye cambiante… a veces abraza, a veces muerde.
Si vas, recuerda esto: nun luches contra él… escúchalo… déjate llevar cuando toque, y resiste cuando debas.
Xuanín asintió.
No sabía si lo había entendido del todo, pero las palabras le quedaron grabadas.
La tormenta
Los primeros días allí en el mar fueron fascinantes.
Xuanín descubrió que el mar tenía sabores distintos según la hora: más salado al amanecer, más metálico al atardecer.
Aprendió a deslizarse entre las olas, a dejar que la corriente lo empujara, a distinguir el sonido de un cardumen de peces del de un barco lejano.

Pero el Cantábrico, como bien sabía el muil, no siempre estaba de buen humor.
Una tarde, el cielo se oscureció de golpe.
El viento empezó a soplar con una fuerza que levantaba espuma en remolinos.
Las olas crecieron, primero tímidas, luego furiosas…

Xuanín intentó regresar a la costa, pero cada vez que avanzaba un metro, la corriente lo empujaba dos hacia adentro.
Recordó las palabras del muil: “nun luches contra él.”
Así que dejó de batir las alas y se dejó llevar…
La tormenta lo zarandeó como si fuera una hoja, el agua le golpeaba el pecho, las alas, la cabeza, a veces no sabía si estaba arriba o abajo… pero resistió.
Cuando la tormenta amainó, Xuanín estaba exhausto y flotaba a la deriva, lejos de cualquier costa visible.
El mar, ahora tranquilo, parecía pedirle disculpas con un vaivén suave.
—Sigo aquí —susurró el pato, sorprendido de escucharse vivo… levantó el vuelo y aleteó sin rumbo fijo.

La isla que no estaba en los mapas
Al amanecer, vio tierra.
Era una pequeña isla, cubierta de hierba en su zona alta y rodeada de un pedrero de rocas negras.

No aparecía en ningún mapa que él conociera, pero tampoco es que los patos usaran mapas…
Aterrizó torpemente en la parte más alta.
La isla estaba llena de vida: lagartijas que corrían entre las piedras, flores diminutas que olían a limón, y un viento que parecía recitar melodías del mar.

Mientras exploraba, escuchó un sonido extraño: un silbido suave, repetitivo.
Siguió el sonido hasta encontrar a una gaviota, que tenía los ojos profundos y gesto sabio.

—Bienvenido —dijo la gaviota sin dejar de silbar— te esperaba…
—¿A mí? ¿Cómo sabías que vendría?
—El mar me lo dijo.
Xuanín abrió el pico, incrédulo.

—¿El mar… habla contigo?
—Habla con todos… pero pocos le escuchan…
La gaviota lo observó con atención.

—Tú sí que escuchas y por eso estás aquí.
Esta isla aparece solo para quienes necesitan aprender algo.
—¿Y qué tengo que aprender yo?
La gaviota sonrió.
—A regresar… le dijo.
El regreso
Durante varios días, la gaviota enseñó a Xuanín a leer el mar…
Cómo interpretar el color del agua, cómo saber si una corriente era amiga o enemiga, cómo orientarse por el viento, y por la fuerza de las olas, o cómo utilizar o esquivar los bajos rocosos.

—El mar ye grande, pero tú también —le dijo un día— no tanto por tu tamaño, sino por tu corazón.
Cuando llegó el momento de partir, la isla parecía más pequeña, como si se encogiera al despedirse.

—¿Volveré a verte? —preguntó Xuanín.
—Si el mar quiere —respondió la gaviota— y si tú escuchas…

Xuanín emprendió el vuelo.
Esta vez no tenía miedo pues sabía leer el oleaje, sabía cuándo dejarse llevar y cuándo luchar…

Y así, poco a poco, guiado por el instinto y por lo aprendido, regresó a la costa asturiana, arribando por la bahía de San Lorenzo…
El pato que sabía historias
Cuando volvió a la charca del parque, los demás patos lo miraron como si hubiera regresado de otro mundo.
—¿Dónde estabas, oh? —preguntó su madre, entre enfadada y aliviada.

Xuanín sonrió.
—Conociendo el mar… respondió
Los jóvenes se acercaron, curiosos, los viejos fingieron desinterés, pero aguzaron las orejas.
Xuanín empezó a contar…
Habló del gran muil de pedreru… de la tormenta que casi lo traga… de la isla misteriosa… de la gaviota que escuchaba al mar… habló de cómo el Cantábrico podía ser feroz y tierno, imprevisible y sabio…

Desde aquel día, Xuanín se convirtió en algo más que un pato.
Era un narrador, un viajero, un testigo del mar… y los demás patos lo escuchaban con admiración…

Y aunque volvió muchas veces al mar, nunca volvió a perderse… había aprendido a escuchar… y el mar, cuando te escucha y lo escuchas, de vuelta nunca te deja solo…
En resumidas cuentas
En resumidas cuentas te he introducido a través de Xuanín en una especie que, aunque frecuente en nuestro entorno, pocas veces le prestamos atención.

Hablo de lo que habitualmente llamamos pato y que no es más que un ánade real, preciosa anátida, generalmente migradora, que en los últimos años reside todo el año en nuestros humedales.

También he querido mostrarte la bondad, la inexperiencia, las ganas de aprender, la prudencia y la decisión, todo ello en un personaje que no se conforma con la tranquilidad y seguridad de la charca…
Y por supuesto la importancia de contar con la experiencia de otros animales a los que, las más de la veces, despreciamos y subestimamos.
Es la vida misma…
Espero que te haya gustado mi historia y que de ella, saques tus propias conclusiones…
Para la realización de este artículo he utilizado IA, dándole no obstante «mi habitual tono personal».
Todas las imágenes de este artículo son propias.
Otros enlaces de interés
El mar Cantábrico, acuariogijon.es
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Preciosa historia plena de amor y pasión por la vida del mar recorrida por este patito.
Un fuerte abrazo Pepu,
Fernando P. F-M
Muchas gracias por tu comentario Fernando, como digo al final del artículo: es la vida misma…